Un amor que se renueva cada día
El
asombro es esa impresión que te causa una persona, especialmente cuando
descubres en ella una cualidad extraordinaria. Todo matrimonio “reclama”
experimentar, una y otra vez, ese asombro que encendió la chispa del
enamoramiento inicial. ¿Cómo encontrar entonces lo extraordinario en lo
cotidiano de nuestro amor?
Por Beatriz López-Roberts
En un restaurante se encuentra Sergio. Espera a su mujer para
anunciarle que va a dejarla. Ya no soporta lo que antes le encantaba de ella, y
quiere empezar una nueva vida con otra mujer de la que está enamorado. Cuando
su mujer llega, comen y, en el postre, su esposa se echa a llorar. Le han dicho
que le quedan pocos meses de vida. A Sergio le parece que todo el restaurante
le grita: “¡Debes estar a la altura de las circunstancias!”, así que toma la
decisión de cortar con su amante y seguir al lado de su mujer hasta el final.
Comienza a realizar todas las cosas que ella quería hacer con él antes de
enfermar: acompañarla de compras, leerle libros sesudos en voz alta, cederle su
postre… Y de tanto actuar como un hombre enamorado, se convierte en él.
Este es el corto de Isabel Coixet, Bastille, donde Sergio
Castellito da vida a un hombre que representa a la
perfección el hastío del amor que ha envejecido mal. Podría ser el retrato de
millones de corazones que se desencantan mes a mes, año a año, y que son incapaces
de ver en su cónyuge a aquella persona que antes ocupaba todos sus pensamientos
e ilusiones. ¿Qué hacer cuando el otro ya no te asombra, sino que te aburre?
Génesis del asombro
El primer hombre que se asombró ante su esposa fue Adán. Dios
vio que el hombre estaba solo, e hizo una promesa: “Voy a hacerle una
ayuda adecuada” (Gn 2, 18). Y cuando Adán vio lo que Yahveh había hecho al
despertar de su sueño, realizó el primer cántico bíblico: “¡Esta sí que es
hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gn 2, 23). “El asombro de Adán es el
asombro de encontrarse con quien es posible una comunión. Antes ha visto a
todos los animales, pero no son como él y no puede entregarse a ellos. Cuando
ve a Eva, descubre a una a quien sí se puede entregar y que le revela su propia
identidad, diciendo: ‘¡Esta sí que es como yo, en esta sí que me reconozco!’.
En la búsqueda de la propia identidad, el asombro juega un papel crucial”,
explica a Misión el padre Juan
de Dios Larrú, D.C.J.M. y catedrático de Moral
Fundamental. ¡Cuántos maridos ante su esposa se admiraron y quisieron cantar:
“Esta sí”!, para comenzar su historia de amor. Y cuántas mujeres, frente a su
esposo, encontraron “la ayuda adecuada” para crecer y dar
fruto.
Sin embargo, “sabemos que el asombro está unido siempre a la
novedad, y la novedad está en crisis en el mundo moderno: el hombre está
buscando constantemente novedades efímeras. Si en el amor identifico la novedad
con lo efímero, si me quedo con el primer enamoramiento, este se acaba rápido”,
explica Larrú. Y puntualiza que “es en la cotidianidad de después del
viaje de novios donde hay que aprender a vivir la novedad, porque el amor se
renueva cada día”.
«En
la cotidianidad de después del viaje de novios es donde hay que aprender a
vivir la novedad del amor» D.
Juan De Dios Larrú, DCJM
El sustento diario
El pianista Arthur Rubinstein contaba
que si un día no tocaba, lo notaba él. Si no tocaba el piano durante dos días,
lo notaban sus amigos, y si no lo hacía en tres días, lo notaba el público.
“Con el amor es algo parecido: si un día aflojo, lo noto yo, que me quejo más;
si son dos días, lo notará mi cónyuge; y si son tres, estoy peleado con el
mundo entero. Por eso hay que renovar el amor, que es ante todo un acto
permanente. Como dice el refrán: ‘Obras son amores y no buenas razones’”,
explica el padre Larrú. Lo dice la oración del Padrenuestro “danos hoy
nuestro pan de cada día”. En ella los esposos piden al Señor poder entregar en
su matrimonio el amor de cada día a través de lo concreto.
Cultivar la mirada
Para renovar el amor cada día hace falta educar la mirada. En
esta sociedad del deseo, la mirada se dirige a lo que se desea precisamente
porque no se tiene. Así, la mirada se acostumbra a detectar las carencias
propias y las de los demás. A su vez, el móvil crea la falsa ilusión de que a
través de su lente se puede capturar todo lo que se ve. “La cultura
tecnológica y, más aún, la excesiva inmersión en las realidades materiales nos
impiden con frecuencia percibir el aspecto oculto de las cosas. En realidad,
todas las cosas, todos los acontecimientos, para quien sabe leerlos en
profundidad, encierran un mensaje que, en definitiva, remite a Dios”, decía san
Juan Pablo II.
Con el cónyuge pasa algo parecido: los esposos hoy se relacionan
a través del móvil la mayor parte del día y, cuando se encuentren cara a cara,
prefieren descansar con el teléfono en la mano. Pero el asombro necesita una
mirada desnuda de artificios, que dé espacio al silencio, a la presencia del
otro sin ruidos. ¿Hace cuánto que no miras a tu cónyuge sin interferencias de
terceros?
La práctica de mirarse así puede dar pudor, pero es necesario
–quizá hoy más que nunca– que ese deseo de taparse de la mirada del otro se
coloque en el lugar adecuado: cubriendo el matrimonio de las miradas de
terceros, de lentes indiscretas, para que, bajo este manto, los esposos puedan
reencontrarse y admirarse mutuamente.
«El
asombro pide una mirada desnuda de artificios, que dé espacio a la presencia
del otro sin ruidos» D. Juan
De Dios Larrú, DCJM
La decisión de amar
En Bastille el curso de la
historia cambia porque Sergio decide comportarse de una forma nueva. El amor
que permanece año tras año es un amor creativo, en permanente movimiento, y
capaz de asombrarse ante el otro. No se da por sentado. Ante la rutina, el
corazón de los esposos que toman la decisión de amar a su cónyuge en lo
concreto se convierte en un corazón enamorado, y así, en la entrega absoluta,
los esposos podrán ser muy fecundos.
Gratitud
Para cultivar el asombro conyugal es muy sano
hacer juntos un ejercicio de gratitud. Ante el hastío de una aparente vida
matrimonial, donde la rutina no deja espacio al amor, se puede repasar la vida
juntos y reconocer todo lo recibido a lo largo de la historia compartida. “Se
trata de hacer ese ejercicio de la memoria para agradecer tantos dones
recibidos y para no dejar de asombrarse con creciente agradecimiento”, explica
el catedrático Juan de Dios Larrú. Y desde
ahí será muy fácil ir reconociendo los dones de Dios. Un corazón agradecido es
un corazón humilde que, vaciándose de egoísmo, deja espacio para nuevos regalos
y para seguir creciendo y dando fruto. Además, la mirada agradecida no es
nostálgica ni se lamenta por aquel tiempo pasado que no volverá. Contempla con
alegría lo vivido y espera con ilusión lo que está por venir. Quien así vive
podrá asombrarse al final de sus días por todo lo vivido en su matrimonio.
Artículo publicado en la edición
número 66 de la revista Misión, la revista de suscripción gratuita más leída por las
familias católicas de España.